<<¡Betis, claro que sí!>> dice Miguel Sanchez, mientras besa el chándal de Betis de su amigo, Samuel. Él sonríe, y su pasión brilla claramente a través de sus ojos. Sus labios mueven rápidamente, recitando datos y historias sobre lo más importante en su vida: fútbol.
Miguel tiene 16 años y vive con su madre, su padre, y su hermana mayor*, que tiene 28 años, en las Tres Mil Viviendas de Sevilla. Las vías del tren que va de Cádiz a Madrid lo separa del resto de la ciudad. Él asiste al Instituto de Enseñanza Secundaría Ramón Carande, que existe desde 1980 para ayudar a los estudiantes que vienen de familias con ‘un nivel socioeconómico medio y un nivel cultural bajo,’ escribe Julia Casanovas. Sus padres no les interesa tener un papel en la educación, lo cual forma una barrera de comunicación entre ellos y el profesorado. Además, cuando siguen los alumnos desde la Educación Primaria a la Secundaria, los padres creen que sus hijos han madurado ya, entonces, no necesitan tanta atención. Desafortunadamente, a menudo esto invalida los cambios que ya han realizado.
Por el ambiente cultural en la clase, es un trabajo muy difícil incitar la motivación y interesa en estos alumnos. Los profesores lo intentan a través de la diversificación de los estudiantes, lo cual forma la base del centro. Pero todavía, los alumnos tienen su propio horario, aparte de lo de la escuela. En una hora, alumnos llegan y salen de la clase como quieran, gritando y riéndose como si no existiera la profesora, intentando dar la lección. Si no quieren venir, no vienen. Si quieren ver amigos en otras clases, van allí, como lo hace Francisco, un amigo de Miguel. Después de una media hora, llega él, despreocupado y lleno de sonrisas y bromas, aun sí su clase está en otro sitio. Pero no pasa nada, <<estoy aquí hablar contigo, ¡con los americanos!,>> dice Francisco.
Al entrar al edificio, uno se enfrenta unas paredes con la pintura desconchada, develando la piedra sucia de años pasados. La pintura que existe todavía ha perdido su color, formando una sala gris. Pero encima, uno se encuentra el trabajo de los estudiantes en forma de dibujos, escritura, y esculturas. Muestra el arte sobre la Feria, la Semana Santa, y de fútbol, temas de orgullo y amor de los Sevillanos, y claro, de Miguel. <<Mira, esto. Semana Santa, la mejor parte de Sevilla,>> dice él, enseñando una foto de los pasos en su móvil. <<Yo soy muy religioso, por eso, es muy importante para mí.>> Aunque sólo tiene 16 años, Miguel lleva los pasos en su espalda, tardando muchas horas en la calle durante Semana Santa. Fútbol y la Semana Santa son las únicas cosas que pueden distraer a Miguel de su vida en las Tres Mil Viviendas.
Cuando está preguntado sobre su barrio y su casa, la conversación cambia, las sonrisas se desaparecen. <<¿En Nueva York, hay mucha violencia, como en las películas?,>> pregunta Miguel. <<Pues, hay mucha violencia [en Polígono Sur],.>> dice él con una expresión muy serio. <<Pero, la más gente que se conoce, lo mejor,>> porque si alguien le da a otro una puñalada trapera, recibirá cinco en retribución. Con la cocaína, las puñaladas, y las armas, Miguel y Francisco describen el ambiente en lo que viven, cosas que ven día tras día. Cuentan que el peligro está hecho por una mezcla de gente, desde el niño pequeñito hasta los viejos, ellos dicen, mostrando la altura con la mano. Esto es la vida que han experimentado desde la niñez. En realidad, Las Tres Mil Viviendas es un barrio muy peligroso, verificado por el hecho que en 2001, la línea 30 fue suprimido por problemas de seguridad y violencia, según Diario De Sevilla. Sin embargo, hay proyectos, como el Instituto de Enseñanza Secundaría Ramón Carande, que trabajan para mejorar el ambiente del barrio, en este caso, a través de la manera de pensar de los jóvenes de las Tres Mil, exponiéndolos a la educación y el apoyo del profesorado. <<Es difícil pasar tiempo por la calle, mejor que se queda al dentro de la casa,>> dice Miguel. <<¡Pero jugamos Fifa todo el día!>> Y otra vez, han vuelto las sonrisas, los problemas olvidados.
La amistad entre ellos se parece como alguna normal. Tienen sus propias bromas entre ellos e intentan crear la felicidad en sus vidas. Usan una lengua muy curiosa, llena de palabras inventadas y un montón de bromas. Francisco, 18, sale con una chica tres años menos que él, y es un pederasta, según sus amigos. Cada vez que sus amigos hacen bromas de él (un numero incontable), responde con su propio insulto: <<¡¡finikitando, finikitando!!>> Todo su equipo saltan una carcajada, compartiendo su broma. ¿El significado? <<No tiene sentido, sólo suena gracioso,>> dice Francisco con una risita. Salen un montón de palabras como ésta, cada de ellas interrumpidas por las carcajadas y pegas amables. Pasan unos minutitos como así, con ellos ajenas a su ambiente, todo el mundo con la incapaz de comprenderlos. Una pausa, y claro, vienen las sonrisas. <<¿Pues, tienes tuenti?>>


